En un post no del todo reciente –¡de agosto del año pasado! El Profe atrasa–, el filósofo fumónico Diego de la Fuente inició una campaña, por desgracia frustada, por el regreso del incónico y delicioso Alfajor Suchard. Cuestión que (me encanta el "cuestión que", así que voy a empezar también yo con esta violación del castellano) el otro día, en el cumpleaños de cierto economista del Banco de la Ciudad en vías de desbancar a los gurúes de la City local, retomamos, under the influence, el tema de las golosinas retro. Hay mucha tela para cortar.
Lo primero, que hace a la parte más sesuda de este post, es que mucho puede decirse de la filosofía política y las decisiones económicas de los gobiernos argentinos a partir de un análisis golosinológico. Baste observar en forma paralela ciertos desarrollos en el sistema aduanero/impositivo y su impacto en el mercado golosinal.
Vean cómo, en la década del '80, antes de la debacle total del proteccionismo, encontrábamos en los kioskos un surtido con fuerte impronta nacional: Paragüitas, chocolatines Jack, monedas de chocolate, chicles Jirafa, Tuby 3 y Tuby 4, alfajores de mousse Suchard, Mielcitas, Naranjú, Fizz, millones de productos Terrabusi (¿se acuerdan de las Melbas gigantes?) época pre-Nabisco. En fin, todas cosas con funda en papel, en gama de colores reducida, el plástico ausente sin aviso, con envoltorios doblados en vez de cerrados al vacío. Alfajores de DOS tapas, chicles de pocos sabores, y ninguna cosa rara (nada de alfajores "brownie" de coco y frutos del bosque, o "lemon pie"). Medio bajón, visto con objetividad, pero alcanzaban y para quienes vivimos nuestra infancia en esa época generaron mucha carga emocional (nota al margen: increíble cómo el kiosko es la institución barrial más importante entre los 4 y los 10 años. Bah, o quizás sea sólo yo, que era gordito e hijo único).
Veamos ahora los 90s. El Mingo derribó las trabas tarifarias y ¡patapúfate!, la industria golosinera local se vino a pique como los muros de Jericó (¡calate este símil bíblico, papá!) y el mercado se vio inundado de productos nuevos con nombres en inglés y mucho, mucho color. Basta de ese maní con chocolate asqueroso: ahora, M&M. Chicles "Ouch" tipo cinta Scotch, "Dinovo" rellenos y de sabores desconocidos; "hamburguesitas" de gelatina; celulares de plástico rellenos de pastillas; chocolates Cadbury y Milka (Lila Pause y Nussini, ponele); Garotos; alfajores con más pisos. ¡Las golosinas eran GROSSAS! ¡Vamos Menem! A Disney ida y vuelta.
Ahora, vino la crisis, se acabó el 1 a 1 y la importación cayó a cero. ¿Y entonces? Entonces, muy Nac&Pop, reaparecieron, tímidas al principio, las viejas golosinas ochenteras. De la mano del dólar alto y la "capacidad industrial ociosa", de los salarios bajos y el repudio al menemato, volvió la producción nacional. Yo, como buen nostálgico, fui al kiosko y las probé todas. Hasta acá se ve clarita la correlación "proyecto de país"/mercado golosinal.
¿Pero saben qué?
Las golosinas retro son horribles. No sólo me parecieron feas, sino que el revival me arruinó el maravilloso recuerdo que tenía de mis golosinas de la primera infancia.
Néstor, el modelo retro está agotado. Necesitamos nuevas golosinas para los desafíos que afronta el país. La nostalgia noventera, que de emocional tiene poco, tira fuerte. Queremos ser Nac&Pop, pero ¡ponele onda, loco!
Había otra parte para este post pero me la olvidé. ¡Chaesumá!
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1 comentarios:
Hay que tomar la pastilla, abuelo.
Extra�o el Nussini.
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